
Eso implica, que ante cualquier chorrada se abuse de llamadas a deshoras, sean en domingos o festivos (por no hablar del despliegue calculado y premeditado de multitud de adversidades y maniobras poco éticas, con el fin de provocar el mayor daño posible al negocio y al responsable de éste. ¿Cuántos métodos desleales, sabotajes de sutil índole y ocultación maliciosa, y con alevosía disimulada posee el acosador en una operación premeditada de desgaste y derribo? Y siempre sin pruebas demostrables o de escasa validez probatoria por parte de la víctima.
Así que, cuando se me recomendó el traslado temporal a la estación vecina para causar la mayor “incomodidad” posible a este expendedor “rebelde”, dudé sobre lo lícito de mi labor, pero finalmente, por hacerle un favor a la encargada, acepté la propuesta, siempre y cuando no se prolongara la cosa más allá de cuatro o cinco semanas, pues mi “enchufada” estaba subiéndose a la parra demasiado deprisa, y ganándose con su paripé la confianza del JZ (La del “Figura” ya la tenía ganada).
En principio mi papel no era otro que el de “estar allí”. Iba de paisano, pero por ocupar el tiempo me vestía la chaqueta y ayudaba de vez en cuando en la oficina a la encargada, pero sobretodo, me hacía ver por la tienda y las instalaciones, como un “incógnito” reconocido de plantilla. No estaba sujeto a horarios concretos, mis obligaciones en materia de expendedor sólo las ejercía si eran completamente necesarias, pero nunca en la caja. No era uno más, sino una especie de “adjunto operativo”, por llamarlo de alguna manera. Evidentemente era el “toca huevos” del “toca huevos” pero sin incordiarle directamente. Únicamente tenía que hacer presencia de modo pausado pero constante, algo así como el intermitente goteo de aquella famosa tortura, ello provocaba en el rebelde tales desasosiegos que no tardaron en aflorar los nervios y las desavenencias. Fue tal la incomodidad ante la nueva situación, que un buen día el “amigo” fingió una “tremenda agresión” en el riñón izquierdo por parte de la encargada cuando ésta, al abrir una puerta, lo golpeo levemente de modo accidental. Vimos al actor retorciéndose de dolor, como un futbolista a dos minutos de la final. Entonces vinieron sindicato y “procuradores” para echar más carbón a la caldera. En fin, no quiero extenderme más en una interminable lista de miserias, en las que al fin y al cabo mi papel no terminaba de entusiasmarme por completo. Solo añadiré que finalmente, el “amigo”, tras agotar todo repertorio de recursos, y ante el riesgo de sucumbir a una “autocombustión interna espontánea” provocó su propio despido. Y para ello le bastó con la simple maniobra de tapar con una bolsa de basura la cámara de seguridad de Caja, cosa que hizo a pecho descubierto y con desvergonzada alevosía para que constara bien su osadía.

Ante el JZ, y reunidos la encargada, el “Figura”, un miembro del sindicato, y el afectado rubricaron la documentación previa al Semac de común acuerdo las partes, y por 2000 y pico eurillos de indemnización se puso fin a aquel melodrama laboral.
Nunca tanto costó tan poco.
(To be continued)